Llegas al límite del mapa, frente a ti sólo hay mar. Allí te encuentras con la última línea de defensa de la isla, que día a día es desgastada, carcomida por la fuerza del mar. Te acercas, el viento te advierte lo cerca del límite que estás. Desciendes un acantilado y ves la boca de la isla, la entrada a lo desconocido. En tu camino has visto criaturas que te advierten, te observan. Primero son ovejas, si logras pasar frente a ellas, te encuentras con vacas negras que tratan de asustarte. Ya en la boca del la isla, los últimos guardianes son focas.
Es la puerta al centro de la tierra, rostros de rocas cansadas, talladas por Dalí
¿salto?, ¿entro?, siento y pienso más claro. Escucho el eco de la música en mi cabeza, estoy vivo, más vivo que de costumbre.
Cada paso que doy hace balancear a esta isla, acantilados con flagelos, brazos y piernas que con mucho esfuerzo mantienen la isla a flote. Su respiración es pausada, su ritmo es el óptimo, ha nadado por siglos y la hará por siempre.
En los límites se siente el vértigo y la velocidad del tiempo.
Es la puerta al centro de la tierra, rostros de rocas cansadas, talladas por Dalí
¿salto?, ¿entro?, siento y pienso más claro. Escucho el eco de la música en mi cabeza, estoy vivo, más vivo que de costumbre.
Cada paso que doy hace balancear a esta isla, acantilados con flagelos, brazos y piernas que con mucho esfuerzo mantienen la isla a flote. Su respiración es pausada, su ritmo es el óptimo, ha nadado por siglos y la hará por siempre.
En los límites se siente el vértigo y la velocidad del tiempo.


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